Me gusta la primavera y el verano porque camino por la calle con el rostro bien alto. En invierno, como si de algo sirviera para protegerme del frío, o la humedad, mi cuerpo se acostumbró a encoger los músculos, los hombros y arquear ligeramente mi columna.
Al mirar más alto, veo y me detengo en las personas. Me he dado cuenta que hay muchas personas interesantes. Me encanta mirar los rostros: ayer miraba las expresiones con el vano intento de adivinar sus caracteres. Como digo, intento fallido, hacía tanto calor que era unánime la expresión de sofoco y hastío.
En el autobús poco importa la estación del año, la temperatura suele ser agradable. Al igual que en el metro siempre se puede ver con detenimiento a las personas. Salvo en las horas punta, en que las caras estan tan cerca que uno acaba dudando de si esos ojos que lagrimean son los propios o los del vecino. No me refiero a los pick pocket, esos sabien muy bien donde ponen sus manos.
El otro día me senté, me olvidé de la gente: leía. A mi lado, junto a la ventana una mujer de edad madura, no podría concretar más, tampoco importa, ni si era rubia o morena, alta o baja. Se acerca otra mujer y con gran entusiasmo, tanto que no pude evitar de mirar, saluda a la mujer que estaba a mi lado.
-Hola, ¿que tal?
- Muy bien, algo cansada-, le comenta mi vecina.
Yo ya estaba a punto de ofrecerle mi asiento, no por ganas, ya que no había acabado el capítulo, pero un poco por empatía, ese saludo y esa mirada con tanta alegría bien merecía mi asiento. Pero no había siquiera finalizado la última frase de mi pensamiento que la mujer a mi lado le espeta a la otra.
-En realidad creo que no la conozco.
-¡Ah!, ¿no? ¿no puede ser.!
-Me sabe mal, pero creo que se confunde- respondió con cierto incomodo. Y como para arreglarlo, porque la otra mujer parecía un poco desubicada, le sugirió:
-Tal vez me confunde con alguna de mis hermanas...
-Ah, ¿tiene Usted hermanas?
-Sí, tengo cuatro: María, Isabel, Mireia y Rosa.
-Y, ¿ se parecen Ustedes?
-Con María somos como dos gotas de agua.
-Pues ahora si que me deja perpleja. Sólo conozco a una Rosa, y no se parece a Usted.
Yo hacía un ratito largo que había dejado de leer. Seguía el partido de ping-pong: pregunta insólita contra respuesta rara como si mi cabeza sólo fuera capaz de ladear. Desistí de ofrecer mi asiento, perdía el palco central de tal actuación, y mi curiosidad no se resistía a renunciar al desenlace de tal sinsentido. ¿Hasta donde eran capaces de llegar? ¿Sería un "déjà vu", un flechazo del inconsciente?
Siguió la mujer que seguía de pie y musitó toda pensativa:
-Porque usted no tendrá una prima que se llama Rosa, eso pasa a veces.
- No, no que yo sepa. Pero sabe, yo también creo que le he visto con anterioridad, sólo que no recuerdo donde.
-Qué curioso, ¿no le parece?
Como me miró a mí también, asentí con ademán incrédulo.
-Yo iba de compras, pero no le haría un feo si quisiera ir a tomar un café conmigo y así aclaramos las dudas o úbicamos el lugar donde nos conocimos.
-Buena idea.
me sorprendía la naturalidad y ligereza como tomaban el asunto. Yo había calculado varios desenlaces, pero dificilmente se me habría ocurrido ese. Incluso miré alrededor por si se trataba de uno de esas performances teatrales que durante un tiempo se hacían en las calles. Pero no había ningún indicio para validar esa sospecha. Como de todas formas iban a bajar y yo probablemente no las iba a ver jamás, me permití la indiscreción de preguntarles:
-Disculpen que me entrometa, pero este tipo de encuentros, ¿ya les ha pasado alguna vez antes?
-No !, respondió mi vecina que se levantaba para bajar en la próxima parada. Y añadió: ¿pero no le parece divertido?
- En efecto, respondí, es curioso y divertido.
